domingo, 14 de enero de 2018

Mujeres, hombres y trending topic

Nadie mejor que Tamara de Lempicka con esta mujer de rojo que resulta ser Mrs. Bush y que se pintó en 1929, el año del Crack, para ilustrar este post en el que quiero hablar de mi estado de estupor ante algunas cositas que, dicho en roman paladino, claman al cielo. 

De manera que se extiende sobre la faz de la Tierra una cruzada feminista según la cual hay que andarse con cuatro ojos para no convertirse una misma en objeto. Al revés que los perros (no sé si también otros animales) que han dejado de ser cosas (y bien está, porque, pobrecitos, merecen que se les trate con todo el cariño), ahora las mujeres podemos ser cosas en cuanto nos descuidemos. Y tiene sentido porque hay barbaridades que siguen ocurriendo avanzando ya el siglo XXI y mucho por hacer y por cambiar, aunque nos creamos que lo hemos conseguido. 

En dirección contraria está la cruzada antifeminista que dice que los hombres pueden molestarnos e insistirnos, que eso está bonito, que todo lo del feminismo es una cuchufleta, una exageración y que hay que dejarse de correcciones, mucho mejor la creatividad, dónde va a parar. 

No sé si somos conscientes, pero desde que los mensajes de la lucha de sexos dejaron de tener sentido común para trocarse en eslóganes con intención de ser trending topic, la cosa marcha muy mal. Posturas irreconciliables, disputas que no parecen terminar, mujeres en pie de guerra unas contra otras y hombres que miran hacia otro lado. Algunos porque no saben donde mirar, otros porque lo tienen demasiado claro. Las peleas dialécticas amenazan con oscurecer los objetivos y con hacer que todo esto se convierta en caldo de cultivo para las abrazafarolas, amantes de los escándalos y otras tribus urbanas y rurales que sacan negocio de cualquier cosa. 

Mientras, la vida real continúa su ciclo. Las adolescentes, preguntando a los novios qué ropa han de ponerse. Los novios, vigilando los móviles de las adolescentes. Ellas, a la recíproca con el añadido del "estoy gorda, estoy gorda, muy gorda". La publicidad, machacando autoestimas. Los adultos, queriendo seguir pareciendo niños. Los niños, sin modelos a los que imitar. Todos, comunicándonos con mensajes cada vez más cortos y fotos cada vez más retocadas. Trendin topic a tutiplén, faltaría más, qué barbaridad, mire usté.

Y coronando el despropósito, a la chita callando, impertérritos y sacando pecho (dicho sea si segundas), en la tele, gloriosamente en décimo aniversario, ahí sigue, sin que nadie le tosa ni le mande una carta al defensor de no sé qué, exponiendo cual carne de cañón vitrina de piernas y cráneos rapados, ahí está Mujeres, Hombres y Viceversa, en actitud de enseñarle a nuestros hijos que hay que ir de pretendienta o de tronista, o de pretendiente y tronisto, y que todos los jóvenes tienen que vestirse igual, ir al mismo peluquero, decir las mismas gilipolleces, no dedicarse a nada más que a pisar plató y a vender carne, carne fresca. Yo no sé si lo que estamos haciendo es cosa de feministas o de antifeministas. Lo que sí sé es que no está sirviendo para nada.

miércoles, 10 de enero de 2018

Vamos de rebajas


Después de los rituales navideños, una vez que la vida vuelve a discurrir entre la rutina del trabajo, de las obligaciones y de los deseos no satisfechos, quizá puedas encontrar un entretenimiento creativo en ir de rebajas. Las chicas de Sexo en Nueva York lo sabían y por eso aprovechaban las compras para efectuar ese sano ejercicio del intercambio de opiniones entre mujeres. Cada vez más, las mujeres comparten entre sí lo que de verdad importa, quizá porque nos hemos dado cuenta de que nos entendemos mejor entre nosotras mismas. Y porque supone menos esfuerzo que tratar a convencer a un insumiso. 

Las rebajas tienen tantos partidarios como detractores. Hay quien las considera un paraíso de frivolidad, hecho para gente que compra compulsivamente y sin criterio. Hay quien dice que es cosa de aburridas. Otros opinan que la sociedad de consumo capitalista nos empuja a consumir sin hacernos falta. Y tenemos otras opiniones que afirman que las rebajas y todo lo que llevan consigo es una manera de compensar la soledad y las carencias que tenemos. Puestos a que todo el mundo tenga algo de razón podíamos añadir ¿y qué más da? 


No podemos ser trascendentes las veinticuatro horas del día. No podemos dejarnos llevar por nuestras apetencias intelectuales y ser ratones de biblioteca todo el tiempo. No podemos gastar nuestro presupuesto únicamente en libros y en compras culturales. Porque hay algunas cosas sagradas que no se pueden dejar de lado. El disfrute de sentirte bien contigo misma, el de reírte con las amigas por esos zapatos extraños que has adquirido. Ese momento en el que estrenas algo y dices, pues sí, pues parece que esto me queda bien. Y muchos más detalles que surgen de este ejercicio tan entretenido y vital para la buena salud mental de todas. 


Las asociaciones de consumidores ya nos están advirtiendo de que no hay que gastar de más, de que hay que mirar las etiquetas, de que nos pueden engañar. Y eso ya lo sabemos. Pero todavía queda mucho cosquilleo en la mayoría de nosotras en eso de rebuscar a ver si hallamos la ganga del siglo. Incluso hacerlo desde tu propio ordenador, dando vueltas virtuales por las tiendas on line, tiene su morbo y su encanto. Es verdad que muchas veces esas compras no sirven para hacernos olvidar lo malo pero si es motivo de conversación y de una tarde de risas, algo es algo. ¿No crees?. 

Gente en sombras


(Foto Archivo C. L. B. )

No eres la única persona que, en ocasiones, sientes como un globo de luz se instala en tu garganta y te pide salir al exterior. Ese globo son las palabras, las quejas, los duelos, los sueños, las penas, las esperanzas. Todo lo que forma parte de lo que sentimos. Si eres una adolescente, ocultarás a tus padres esas sensaciones y te callarás casi todo. Entrarás en la era del silencio que terminará pasados unos años. Mientras tanto serán los amigos los que recojan esas emociones, los que hagan de contenedor de tus miles de problemas, reales o ficticios. Si eres una persona adulta, tendrás suerte si has logrado crear en torno a ti una red de afectos que escuchen siempre que lo necesites. Es verdad que existen personas que no tienen ninguna necesidad de contar su interior. Pero también puede ocurrir es que estas personas tengan poco que contar. O que procesen sus historias de una manera difícil de entender para aquellos que, como yo, creemos que la comunicación es la base del afecto. 

Joven o viejo, qué más da. Ese tropel de sensaciones que los seres humanos van atesorando, como la muestra palpable de que viven, puede retenerse inútilmente o puede convertirse en algo vivificador, en algo que allane los caminos. Hay creadores que utilizan esa energía precisamente para eso, para ofrecer a los demás obras que generen esperanza. Y hay quien lo plasma en su día a día, en esa vitalidad constante y necesaria que sale a la luz sin más remedio. Escojas la opción que quieras no deberías avergonzarte de formar parte de los ejércitos de la palabra, del apretón de manos, del abrazo o los besos. Mucho mejor esto que sentir la frialdad de quien no tiene nada que ofrecer, aunque nada pida. 

jueves, 21 de diciembre de 2017

La belleza


(Almudena R. 2017)

Un clásico de estos días es hablar de la forma en la que las mujeres pueden lucir esplendorosas en las fiestas que trae consigo la Navidad. Otro día hablaremos de la cantidad de gente que abomina de ellas, que no se siente cómoda entre tanto bullicio o que, simplemente, anhela una celebración muy distinta de la que tiene. Hay quien sueña con viajar a lugares exóticos, a países antiguos, a ciudades míticas. Los hay que imaginan una fiesta soñada en un lugar maravilloso, ataviada con las mejores galas y en la mejor compañía. Abundan también quiénes prefieren olvidar que estas fiestas generan la obligación de ser feliz y prefieren aislarse en la melancolía o en el simple y cómodo dejar pasar los días. 

Las revistas especializadas, no obstante, algunos portales de internet y también los programas de TV, insisten en contarnos cómo debemos vestirnos y arreglarnos para estar bellas. Ah, la belleza. Alguien escribió recientemente que "la belleza es un estado del corazón". Y quizá sea cierto porque nunca nos sentimos más favorecidas que cuando somos felices. La felicidad pone alas a nuestros pies, hace desaparecer el frío y el calor y todo lo convierte en una bruma dorada que esconde la fealdad. 

¿Es la belleza sinónimo de hermosura? A mi juicio, no. La belleza encierra, para mí, algo que va más allá de la hermosura física, algo que trasciende al interior y que es una especie de luz que se desparrama y que se muestra al exterior como un misterio que el que la contempla no puede descifrar. La belleza es mucho más que aparecer bien maquillada, llevar la ropa de moda o ser original a la hora de vestir. La belleza fluye de dentro hacia fuera y hay gente que la lleva consigo en todo lugar y circunstancia. 

Como Almudena. Pocas veces he contemplado un rostro en el que irradien de una forma tan potente la belleza y la esperanza unidas de la mano. Es así como concibo la verdadera belleza, la que no se acaba, ni se marchita, sino que se eterniza y se regala a los demás en forma de la visión más agradable. La belleza así entendida es como un dardo jubiloso que llega directamente al corazón, al modo en que un Robin Hood cualquiera acertaría en la diana de las emociones con su flecha. 

Los que son capaces de entender la belleza en este sentido demuestran tener un corazón generoso y una mente limpia. Así que quizá las revistas no anden tan desencaminadas. Hay quien necesita consejo para estar bella. Hay quienes, como Almudena, no lo precisan porque no están bellas, son bellas. Y el ser es una cualidad esencial que nada ni nadie perturba nunca. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

El rojo nunca miente


En las reuniones semanales de mis amigas fashion siempre sale a relucir el color de moda. El color de moda de los vestidos, de las uñas o de los labios. Ahora estamos con el ultravioleta, el futuro color de moda según Pantene. Pero, a pesar de que los diagnósticos varían, todas estamos de acuerdo con el rojo. El rojo de labios. El rouge eterno. Los labios rojos. Todas, todas, somos de labios rojos y pisar fuerte. 


Así nos va, dice una de mis amigas del club del glamour. Vanessa. Vanessa, que no quiere ser llamada Vane, ni siquiera querría ser Vanessa sino Anastasia o Edelmira, es firme partidaria de aparecer al exterior con toda clase de simulaciones. Opina que las mujeres nos exponemos demasiado al exterior, que vamos con los sentimientos en bandeja y que eso es la principal causa de nuestros fracasos. Vanessa opina que las mujeres fracasamos continuamente porque esperamos no fracasar nunca. Ella dice que el rojo es señal de valentía y que eso hay que guardárselo en la manga. Su teoría: las mosquitas muertas son las que viven bien, son brujas disfrazadas, las demás hacemos el tonto. 


Esa pretendida simulación permanente de la que Vanessa hace encendida defensa está en contra total de los principios que defiende Dora, mi otra amiga. Dora tiene un carácter muy fuerte, mucho más fuerte que nosotras y nos apabulla siempre con la última idea que se le acaba de ocurrir momentos antes. Sus convicciones profundas nos tambalean. No sé si en su vida fuera de este círculo reducido ella hace lo mismo pero me extrañaría que lo hiciera porque ni duraría en su trabajo ni duraría con su pareja. Claro que, como ella misma afirma con actitud dura y sin paliativos, vivir con Carlos es como hacerlo con una estatua clásica. Muy guapo pero muy frío. Dora está totalmente de parte de los rojos. Sin rojos ya es difícil hacerse respetar, afirma, así que vengan rojos a mí, por todas partes, es su lema. 


Yo que no soy tan ecologista como Dora ni tan políticamente correcta como Vanessa no sé a qué carta quedarme. Hay días de rojos y días de rosas. Los días de rojo quiero brillar, que mi luz resuene como si fuera una zapato de tacón de Manolo Blanik. Otros días, los rosas, quiero pasar desapercibida, meterme en mi concha y no asomar la cabeza. Hundirme en el anonimato y que nadie me pregunte nada. No soy el equilibrio entre dos caracteres opuestos, más bien el miedo a sacar mi propio carácter. Si pongo en la balanza estar con Dora y Vanessa un día en semana hablando de trapos, looks y colores, a ser como yo soy, prefiero lo primero. Incluso es que no tengo ni idea de cómo soy ni qué quiero. No tengo color. 

martes, 5 de diciembre de 2017

¿Belleza o inteligencia?


Jane Austen prefería las personas agradables y distinguidas a las simplemente guapas. Una chica podía ser guapa y, al mismo tiempo, no saber sentarse, carecer de ingenio o tener en la cabeza más pájaros de la cuenta. En Orgullo y prejuicio Lydia Bennet es el ejemplo de la belleza hueca. Creo que Austen entendía que ser guapa era un atributo natural y, en cambio, ser agradable o distinguida tenía más que ver con una actitud, con la voluntad. De ser así, eso sería un gran activo para todos. 

En sus novelas no suele hacer descripciones físicas de los personajes, más allá de algunas pinceladas. Sabemos que Elizabeth Bennet tenía la expresión ingeniosa y unos ojos interesantes. O que Marianne Dashwood poseía una bonita voz cuando recitaba a Shakespeare. Y que Jane Fairfax tenía una figura elegante y una piel sedosa. Solamente con Emma hace una excepción, pues comienza definiéndola: “Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia; y llevaba vividos en este mundo casi veintiún años sin que casi nada la afligiera o fastidiara”

La belleza es únicamente un pequeño aditamento a la hora de considerar a la “mujer completa”. Hay una conversación en Orgullo y prejuicio, concretamente en Netherfield, entre los hermanos Bingley y el señor Darcy, durante la cual se dilucida qué tiene que tener una mujer para ser considerada así. Habla Caroline Bingley: “Una mujer ha de tener un conocimiento completo de la música, del canto, del dibujo, del baile y de los idiomas modernos…y junto a todo eso ha de poseer un algo indefinible en el semblante y en la manera de andar; así como en el tono de la voz, la elocución y la manera de expresarse, porque, de lo contrario, sólo merecerá a medias este elogio”. A lo que añade el señor Darcy: “Ha de poseer todo esto y aún algo más sustancial, mediante el perfeccionamiento de su inteligencia gracias a unas lecturas muy extensas”. 

Por supuesto que Elizabeth Bennet afirma de inmediato que no conoce a nadie así, es más, que le extrañaría que hubiera alguien en todo el mundo. Eso le traerá la crítica a sus espaldas de Caroline y la admiración de Darcy, acostumbrado a que todo el mundo le siga la corriente. Pero ella siempre se deja guiar por su propio criterio y no muestra ningún signo de seguidismo hacia él, por mucho que tenga diez mil libras de renta al año. 


Parece que Jane Austen no cree en esa dicotomía belleza-inteligencia. Y que la cuestión la resuelve con su famoso sentido común. El que le dicta que existen conceptos superiores, como el ser agradable en lo que se refiere a la componenda física y el que abomina de los loros parlantes sin sentido (como el señor Collins o la señorita Mary Bennet), prefiriendo sin duda una inteligencia reposada, sin ostentación y, sobre todo, lo que ella define repetidamente como “ingenio”. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Y yo no sé qué he hecho mal


(Las mujeres pop también lloran)

La chica del anuncio de pizza se lo dice a su padre anegada en lágrimas: “Le quería, papá. Llevábamos tres semanas. Me ha dejado por móvil. Y yo no sé qué he hecho mal” 

El anuncio es un tratado de comportamientos. El padre, desconocedor absoluto de la vida sentimental de su hija, desbordado y práctico. Una pizza será el mejor remedio. El padre, metiendo la pata cuando alude a lo bonita que es la camiseta que ella lleva. Por desgracia, ese fue uno de los regalos del novio que la ha dejado por móvil. Sin dar la cara. 

La chica que siente haber perdido al “amor de su vida”. Que nunca más quiere salir de su habitación porque su vida se ha terminado. Y, lo que es peor y más sintomático, que se siente culpable y se pregunta qué ha hecho mal no solamente para que el amor de su vida la abandone, sino también  para que lo haga a través de un simple, frío y escueto mensaje de móvil. 

El anuncio de pizza no lo ha pretendido, es un anuncio más, pero su lectura nos habla de un atavismo que las mujeres no hemos sabido superar. El complejo de culpa cuando alguien nos trata mal. El tipo abandona a la chica, el tipo es un cobarde que ni siquiera da la cara, el tipo le ha hecho, en tres semanas, algún regalo importante como para afianzar la relación…el tipo solo es capaz de enviarle un mensaje de móvil para decirle adiós. 

Lo peor de todo es que la chica no aprenderá la lección. Que es capaz de volver a salir con el “amor de su vida” aunque que ha huido de forma tan desagradable. Que es capaz de dar con otros “amores de su vida”, que también actúen con tan poca valentía y tanto desprecio a los sentimientos del otro. 

La chica no sabe qué ha hecho mal. Yo tampoco lo he sabido nunca. Aunque quizá el peor pecado esté en no ser fiel a nosotras mismas. En pensar tanto en los otros que olvidamos lo que somos, lo que queremos, lo que sentimos. Eso sí que es traición.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Vestidos, abrazos y mi madre


Mi madre no era una mujer de abrazos. Sería por timidez o por sentido práctico, no tenía la costumbre que yo he visto en otras madres de andar achuchando a sus hijos, o de decirles palabras cariñosas, incluso admirativas. No. No logro recordar cómo abrazaba hasta la fase final cuando se agarraba a ti porque no quería que se le escapara la vida. Tanto tiempo he tenido conciencia de que esa falta de efusiones me había convertido en una mujer insegura que me ha hecho olvidar que el amor a veces se escribe de otra forma. 



No era cariñosa pero me hacía vestidos. Compraba la tela e ideaba la forma, combinaba colores y, sin miedo al cansancio del día, se empeñaba en terminarlos cuánto antes porque sabía que a mí me gustaba estrenar. No me alababa pero cogía sola el tren y llegaba a verme a esta ciudad desde la suya, con el equipaje de su sonrisa, espectacular y de su curiosidad. No daba besos pero me escribía cartas en las que lo contaba todo, describiendo con detalle qué había ocurrido en mi ausencia, qué había pasado con cada pequeña cuita doméstica. No prodigaba abrazos pero me ayudaba a burlar la vigilancia estricta de mi padre para que pudiera salir de noche, viajar o irme de conciertos en moto por toda la provincia. 



Los figurines de moda me la recuerdan siempre. Era adusta y sencilla en su forma de vestir pero le encantaba imaginar hechuras, combinar colores, cortar sin miedo y convertir la nada en un hermoso vestido. O hacer muñecas a base de trapos que sobraban. Su espíritu creativo no tenía bastante con la lectura o el cine sino que necesitaba la creación y sus manos eran el vehículo. Sus manos eran como palomas y, al final de su vida, se posaban una junto a la otra, asustadas, sin saber apenas dónde estaba y por qué. No era cariñosa pero derramaba el amor en todo lo que hacía. 

domingo, 27 de agosto de 2017

Mira hacia el otro lado


(Gerda Wegener. "L'Aperitif " 1928 )

Te empeñas con enorme contumacia en mirar siempre allí, en una dirección equivocada y que tiene delante un muro de cristal, un obstáculo insalvable, una flecha que indica que no pases. Quizá no eres culpable de esta manía insumisa que te absorbe, porque en un tiempo no fuiste tú la que fundó una costumbre que se ha tornado peligrosa. Pero debería darte igual. Si un aparato se queda viejo y no funciona, si su mecanismo está averiado, si su utilidad es nula, cualquier persona razonable lo tiraría a la basura, a uno de esos modernos contenedores de colores, no sé de qué color. 

Pero te has obcecado en creer que una luz divina que salga de ese cielo que miras con asombro va a reverdecer sus gastados goznes, va a limpiar de suciedad su interior, va a arrasar con los tornillos cansados. Y, de este modo, todo se volverá a unir y a saltar de gozo, en un movimiento sincopado y feliz, como el de los tiovivos, como el de las depuradoras de la piscina que, sin cloro, solo con la humilde sal, son capaces de ser útiles y de devolver el azul a todas las aguas. Te equivocas. 

Te equivocas dos veces. Al mirar hacia allí y al no mirar hacia el otro lado. Allí está la penumbra, la tristeza, el miedo y la angustia. Ah, esa vieja amiga que te oprime al respirar y que te hace sentarte y no querer moverte de un solo ladrillo que te protege. Allí está y se mantendrá mientras no te des cuenta de que tu cabeza está orientada en una vía errónea, en un desasosiego calculado, en una fuente de absoluta desdicha. Miras allí y no hay nada. El emperador iba desnudo. La fuente está desnuda. El hombre que chapoteaba algunas veces, en unas corrientes turbias y opacas, se ha marchado sin avisar y vuelve de vez en cuando para perpetuar la pereza de un dolor cansino y acabado. 

Mira hacia el otro lado. Está la gente. La verdadera gente. La buena gente. Gente que no traspasa el corazón con un puñal. Que no miente, que no absorbe energía, que no reparte incertidumbres. La buena gente del color dorado y la que abre la puerta, no la cierra, no la atranca, no la bloquea. 

martes, 22 de agosto de 2017

10 básicos para que te respeten


(Portada del libro Mujeres que compran flores de Vanessa Monfort)

Vamos a autoayudarnos sin que entremos en los terrenos vedados de Paulo Coelho para recordarnos a nosotras mismas que el respeto hay veces en que tenemos que ganarlo, bien porque se ha perdido de antemano, bien porque topemos con personas que no saben lo que es. 

Así que ¿cómo podemos conseguir que nos respeten nuestros semejantes, aquellos que se relacionan con nosotros de algún modo? 

Lo primero, mejorando nuestra autoestima. Esto parece un lugar común pero es una verdad como una casa. La autoestima, esa visión que tenemos de nosotros en función de lo que creemos que ven los demás, es tan necesaria como el comer. Se va gestando de pequeños y, cuando eres adulta, o la tienes en tu sitio o necesitas un wonderbra. De autoestima, claro. 

La segunda condición del respeto es nuestra propia actitud al tratar con los demás, es decir, aprender a ser asertivo. Se puede decir todo, o casi todo, sin mala uva, sin intentar hacer daño, sin ira o venganza. Sencillamente. Desde el aprecio, el cariño o, si de esto no queda, desde la indiferencia. Pero si lo haces desde el odio, se volverá contra ti aquello que digas, te hará daño, más daño que al otro. 

Lo tercero es ser auténtica. Mira, no eres perfecta, pero si intentas serlo la cosa acabará en catástrofe. Eres como eres y así debes presentarte al mundo. Puedes disimular algún defectillo pero no cambiar tus principios, convertirte en lo que no eres, engañarte a ti misma. Al final, eso lo pagas, porque no te reconoces y dices ¿qué clase de persona es esta en la que me he convertido?

Lo cuarto es tener seguridad en ti misma y mostrarla a los demás. No te van a aceptar mejor ni a querer más porque seas timorata, insegura o quejica. Al contrario, te darán palos hasta en el carnet de identidad. 

Lo quinto está en relación directa con la tres y la cuatro: No trates de caerle bien a todo el mundo. Es imposible, salvo que seas muda, tonta, no des un paso y estés hibernada toda tu vida. Habrá gente que te adore, otros que no, y otra mucha a la que le serás indiferente. Pero esto es así y pensar lo contrario te volverá loca. 

Lo sexto: trata a las personas que están a tu alrededor como tú quieres que te traten a ti. No pidas más de lo que das. Hay palabras que parecen antiguas o absurdas, pero existen y son fundamentales: cariño, agrado, amabilidad, respeto, decencia, honradez, lealtad. Por ejemplo. 

Lo séptimo: en relación con la sinceridad hay que tener cuidado. No vayas por ahí lanzando sinceridades por doquier. Es más, a veces hay que guardarse cosas que no van a suponer nada más que daño. Pero no te avergüences de tus ideas, tus principios o tus sentimientos. Estos son sagrados y deben ser respetados. Y, por otro lado, piensa antes de hablar. A veces te dejas ir y ya la cosa se lía. 

Lo octavo consiste en no perder los papeles con los demás, ni, por supuesto, consentir que los demás los pierdan contigo. Insultos, gritos, amenazas, agresiones, NO NO NO. De ningún tipo, por ningún motivo, por ninguna causa. No hay perdón, no hay razones, NO. 

Lo noveno: si a pesar de todo esto encuentras a personas que no te respetan, porque las hay y quizá tienes que seguir tratándolas, aprende a ponerles límites. Los límites son rayas rojas que nadie debe traspasar contigo. Déjalas muy claras, explícalas y luego, si se pasan, corta por lo sano. Aunque te duela. Alguien que no te respeta no te quiere. 

Lo décimo: reconoce cuando te equivocas, reconoce tus errores, aprende a pedir perdón, a decir gracias, a entender una actitud aunque no la compartas. Hazlo con naturalidad, sin arrastrarte, sin esperar nada a cambio. Hazlo por ti misma, no por los demás. 

A ver si nos aplicamos el cuento. Todas. La primera yo.

domingo, 16 de julio de 2017

El verano es una canción de amor


(Edward Hopper)

Guardas en la retina la huella del salitre, el olor de las olas, el sabor de los vientos, el tiempo de los barcos, la tarde del silencio, las manos en los ojos, el azul tembloroso...

Así las veces que el mundo se escribió entre sonrisas ha dejado su hueco en un espacio único en el que no estás tú. 

Da igual que me convoques, me mientas o me estimes. 

Da lo mismo que abarques el género terrible de la duda más cierta. 

Por mucho que aparezcas como una sombra esquiva, por mucho que me busques, no habrá crujir de besos, ni manos susurrantes, ni cuerpos que se arquean, ni voces en el tránsito de la noche a la aurora. 

Me mientes porque sabes que es eso lo que tienes, una mentira clara de abiertas soledades. 

domingo, 9 de julio de 2017

¿Existen los amores de verano?



Candela: Hace tiempo que no vivo un amor de verano.

Yo: ¿Tiempo? ¿Cuánto tiempo?

Candela (entornando los ojos): Toda la vida. 

Candela no ha tenido un amor de verano y me pregunta con esa mezcla de picardía y desdén si es verdad que existe. Cree en mis palabras y mi experiencia le sirve para afirmar la existencia de algo que nunca ha conocido. Este verano Candela, como los anteriores, tiene el pálpito de que las cosas van a cambiar y de que va tener una aventura definitiva. 

Yo: Voy a contarte la historia de uno de mis amores de verano, por si te sirve. Aunque nadie escarmienta en cabeza ajena y menos tú, que eres una cabezota intempestiva. Se llamaba Joaquín y era guapísimo. Tenía el pelo negro y largo, ojos verdes y una sonrisa muy irónica. La cosa duró exactamente un verano así que, realmente, puede calificarse así: un amor de verano, puro y duro. 

Candela: ¿Y qué ocurrió? ¿Cómo le conociste? ¿Por qué se terminó? 

Yo: Empezaré por el final. Se terminó porque acabó el verano, o mejor dicho, agosto. Los amores de verano nunca llegan a septiembre. Algunos parecen prolongarse artificialmente con mensajes, llamadas o cartas si hablamos del Pleistoceno. Pero es un empeño inútil. Si a Joaquín lo cambias de escenario, si las horas del día son más cortas y las noches más largas...pues ya no hay amor que valga. 

Candela: ¿Era amor, verdadero amor?

Yo: ¿Qué es el verdadero amor? Era lo suficiente amor como para pensar en él a cada rato y lo suficiente No-amor como para olvidarlo cuando el runrún de la conversación a media noche dejaba de oírse. Lo conocí a través de un amigo y fue el primer Joaquín de mi vida, porque luego hubo otro más. O antes, no lo recuerdo. Este se vestía con elegancia a pesar de que éramos muy jóvenes. Llevaba unos pantalones de lino y unos vaqueros claros que eran monísimos. Y llevaba unas camisas de manga larga de rayitas azules muy finitas, que él se arremangaba hasta el codo. Y unos zapatos azul marino, especie de náuticos, fabulosos. Era un niño pijo, ahora que lo pienso. Venía de Madrid a pasar el verano con sus primos y coincidíamos en el club. 

Candela: ¿Y qué pasó? ¿Qué hacíais? ¿Cómo era la cosa?

Yo: Nos veíamos todos los días. Los fines de semana, en sesión doble. Por la mañana, en la playa. Por la tarde, en los bailes del club. El resto de los días jugábamos al ping-pong, a juegos de mesa, escuchábamos música y charlábamos. Cuando llegaba al club, todo resplandecía. Tenía una mirada muy inteligente y los ojos destacaban detrás de unas gafas transparentes que le hacían todavía más guapo. 

Candela: ¿Y tus amigas, qué decían ellas? 

Yo: Mis amigas, como muchas amigas, o como muchas que se dan en llamar amigas, se dedicaron a fastidiarnos todo el verano. A meterse por medio, a ver si así, sacaban cacho. No había forma de espantarlas. Cuando estábamos los dos hablando siempre había alguna que aparecía con risitas e intentaba mediar en la charla. En el cine, había que tener mucho cuidado por si alguna de esas mosconas oportunistas se plantaba en la silla de en medio. Y no te digo nada en los bailes, en los bailes era un tormento. Eran depredadoras. 

Candela: ¿Pero a él le gustabas tú, no? ¿Hacía caso a las otras, a pesar de todo?

Yo: Claro que le gustaba, pero tampoco era cosa de ponerse a despreciar a chicas que no estaban mal y que, quién sabe, a lo mejor algún otro verano podían ponerse a tiro. Yo le gustaba en ese verano y los demás veranos, Dios diría. Así que Joaquín se dejaba querer y adorar, que eso a los tíos les encanta. 

Candela: ¿Cómo terminó todo?

Yo: Ya te digo. Agostó acabó y acabó el verano y se volvió a Madrid, a su casa familiar y a sus estudios. Nos llamamos durante dos semanas y luego cada cual volvió a sus menesteres y se finalizó por extinción el incendio. A mí me había gustado mucho pero no era el amor de mi vida. O lo fue. Pero solo dos meses. Esos son los amores de verano. 

Candela: Mola. Quiero uno. 


(Imágenes de Jack Vettriano)